martes, 3 de febrero de 2009

Deja Vú

El sentimiento de deja vú estaba volviendo, y no podía creerlo. Definitivamente aquella sensación no era algo que deseara volver a sentir. Pero ahí estaba, insistente, latente, carcomiéndome por dentro. Me devanaba los sesos, intentando encaminar mis pensamientos hacia otro sendero menos oscuro y perturbante, pero todos terminaban vagabundeando en aquellos recuerdos tormentosos, que tanto quería enterrar en mi memoria. No cabía duda alguna de que aquella profunda herida había cicatrizado hacía ya un tiempo, pero podía sentir como parecía abrirse lentamente, punzando y haciéndome estremecer de dolor. Esta vez era diferente, sí, pero igual al mismo tiempo, de alguna manera. Ya no eran color miel los ojos que me martirizaban, sino celestes y profundos como el mar, tiernos como el danzar de las mariposas en primavera, extremadamente dulces, de una bondad que me torturaba implacable. Su perfume era otro, me enloquecía, me incitaba a querer sentirlo muy cerca, a sentir su piel perfecta aterciopelada acariciando la mía al unísono de nuestros corazones palpitando extasiados, uno al lado del otro. Lo idealizaba cada vez más, lo recorría una y otra vez en mis recuerdos, que parecían difuminarse a pesar de mi esfuerzo por retenerlos nítidos, ya que era lo único que me quedaba de él, sólo eso. Inevitablemente, las lágrimas se abrían paso caprichosamente por mis mejillas, dejándose caer a la misma velocidad que rodaban las gotas de lluvia por mi ventana, muriéndose en la nada al igual que mis últimas y tristes esperanzas de volverlo a ver.

Busqué todas las explicaciones racionalmente posibles, como siempre lo hago, para tratar de convencerme a mí misma de que todo aquello era una ilusión, un juego, un pasatiempo que mi mente descubrió para entretenerse de a ratos, pero lo cierto es que no podía detenerlo. Por momentos estaba completamente segura de que el orgullo y la indiferencia habían devastado despiadadamente a todos aquellos inquietantes sentimientos que no me dejaban dormir en paz, pero no, reaparecían intactos con desdén, con una sonrisita algo soberbia que me crispaba los nervios.

Parecía algo de nunca acabar, pero muy en lo profundo de mi ser sabía que no valía la pena seguir torturándome, sólo debía dejar las cosas fluir, todo iba a tomar su curso normal muy pronto, me lo repetía una y otra vez… - No es nada, pronto pasará… No debo preocuparme, es sólo pasajero… No tengo que pensar… No quiero pensar… Quiero que desaparezca… Desaparecerá… ¿En verdad algún día lo hará?



Los pasillos de la falsa alegría
extrañan nuestro besos...
Y yo también.

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