Podía sentir el viento en su rostro, agitando su alborotada cabellera color bronce, y la adrenalina haciendo estragos en todo su cuerpo, recorriéndolo hasta alcanzar lugares insospechados. Por primera vez en mucho tiempo se sentía realmente feliz. Había recuperado su libertad, esa tan anhelada sensación de poder llenar los pulmones de aire, y respirar la dicha de un solo tirón. Se sentía capaz de todo. Sabía que tenía en sus manos el poder de frenar el tiempo, para perderse deliberadamente en la inmensidad del espacio, y así contar todas y cada una de las fascinantes estrellas que se desplegaban ante sus ojos, hipnotizando todo su ser.
Aquella noche de verano, tumbada en la arena del mar, con el acogedor sonido de las olas rompiendo de fondo, supo que no necesitaba nada más.

No te preocupes por mí,
este no fue mi último amanecer...
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