¿Acaso nadie se da cuenta? ¿Nadie es capaz de escuchar el insoportable sonido de las lágrimas chocando contra el suelo? El humo se desvanece, y el cigarrillo que sujeta entre sus dedos se consume lenta y decididamente, al igual que su alma. Llora en silencio, en un rincón oscuro mientras todos duermen, pero aún así puedo oírla. ¿Será egoísmo o desinterés lo que los mantiene a todos absortos? El esmalte rojo de sus uñas se está descascarando, el rimel negro dibuja arco iris de luto en sus mejillas y su boca hace su mayor esfuerzo por no dejar escapar ni un suspiro más. ¿Cómo es posible que nadie vea a través de sus ojos? Su corazón se encoje, pero aún así está decidida a no dejar que nadie lo sepa, y una vez más se cambia el pijama gris a lunares negros que lleva puesto hace meses. Stilettos brillantes, un collar que adorna su cuello, y un poco de rubor. La miro a través del reflejo del espejo, clavo mis ojos en los suyos, hiriéndola hasta lo más profundo de su ser, y le susurro al oído: “el show debe continuar”. El telón se abre, y sale a escena, radiante como ninguna, con una sonrisa de oreja a oreja. Se mueve por el escenario con gracia, canta con una voz dulce y armoniosa, baila y hace reír a todos. La aplauden de pie, y triunfante vuelve tras bambalinas. Y ahí la estoy esperando yo, como siempre luego de cada función, con un paquete de cigarrillos en la mano, y un nudo en la garganta.
Hace ya algunas noches, la misma estrella me saluda ansiosa por la ventana…
Pero mis ojos están ya muy empañados como para dejarme
encandilar por su fulgor.
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