martes, 25 de agosto de 2009

Maravillosa cotidianeidad

Un día más. Un hermoso día más. Y no porque la primavera esté asomando tímida entre las mariposas revoloteando eufóricas, y las begonias y los jazmines que florecen; ni tampoco porque el cielo reluzca ante febo en todo su esplendor. Simplemente que, en mayor o menor medida, todos los días tienen un algo, y son especiales a su manera.

Ella se despertó tarde, como siempre, y luego de un largo rato de desperezarse como un gato y juntar coraje para despegarse de la almohada que abrazaba y que tanto adoraba – nunca se iba de viaje sin ella, porque decía que sino se levantaba más despeinada que de costumbre – juró dormir una buena siesta apenas regresara. El sólo imaginarlo curvó la comisura de sus labios dibujando una sonrisa picarona y acentuando sus acolchonados cachetes, esos que a la gente tanto le gustaba pellizcar – y a ella le encantaba que a la gente le encantara pellizcárselos. Así, con esa idea en la cabeza, y sólo así, pudo levantarse de la cama.

Decidió que no tenía ganas de apresurarse, aún siendo muy conciente de la hora, así que puso un poco de música y subió el volumen lo bastante alto como para que los vecinos se quejaran; O tal vez le alegrara la mañana a alguno, quién sabe. Se cepillo los dientes, se dio una ducha rápida, se cambió e inundó toda la casa de corcheas que se le pegaban a la piel mientras cantaba – aunque no lo hiciera del todo bien – y bailaba al compás. Fue hasta la cocina, y tomó de la alacena su taza preferida de lunares verdes y violetas – le gustaba porque era la más grande de todas, y se la había regalado su papá cuando todavía estaba en casa – y la llenó hasta casi rebalsarla. Con cuidado de no derramar ni una sola gota en el piso – odiaba tener que limpiar -, caminó lentamente hasta el gran ventanal blanco que daba paso al balcón del departamento. Permaneció un largo rato allí – que para cualquier otro tal vez hubiese sido tan sólo un instante – admirando el grupo de casas, edificios y árboles que se esparcían hasta desvanecerse en el horizonte, y deleitándose con la cálida brisa primaveral que acariciaba su rostro veinteañero. Bebió un gran sorbo de leche y la imagen de él – y esos ojos verdes que la volvían loca - vino a su mente. Lo había visto el día anterior, pero ya lo extrañaba. Sonrío al recordar algo estúpido que él había dicho – para variar - y se sintió aún más estúpida al imaginar la cara que tenía en ese preciso momento. Y volvió a sonreír.

Muy a su pesar, echó un vistazo rápido al reloj, con los ojos entrecerrados, y antes de poder entrar en pánico agarró su cartera de un manotazo, deseando no olvidarse de nada, y salió corriendo por las arboladas calles de ese barrio que tanto amaba. Otra vez llegando tarde; Pero feliz, así se sentía. Y no es que no tuviera asuntos por los que preocuparse, simplemente le gustaba disfrutar de todo lo pequeño pero fantástico que la vida podía ofrecerle. Nada más ni nada menos que tener la habilidad de pintar un cielo bien celeste, dibujar un arco iris multicolor en un día soleado, encontrarle forma de animalitos a las nubes, soltarle el piolín a un barrilete y dejarlo volar, llevar un barquito de papel a conocer el mar, imaginar una estrella fugaz que nunca se apaga e inventar una canción, una tarde lluviosa de invierno, con el sonido de las gotas chocando contra la ventana, y una taza calentita de café en la mano.

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