viernes, 22 de julio de 2011

¿Creés en el Destino? - part1


Las cartas estaban sobre la mesa. Si bien estaba sorprendida, no era más que por la asertividad de las predicciones, no por las revelaciones que estaban frente a ella. Tanto tiempo imaginando, o creyendo imaginar, atando cabos, ignorando cosas que ya sabía en lo profundo del ser; Y ahora, como si nada, alguien totalmente ajeno y desconocido, las exponía ante ella sin un ápice de disparate en todo lo que su boca recitaba. Todo era creíble, y hasta confirmaban las sospechas que, en un intento de salvar las cosas, alguna vez las supuso "infundadas". Su mente parecía ser leída: "Mi vida... Tenés muchas ganas de llorar" - le pronunciaba con un tono mezcla de ternura y compasión; "Pensás mucho en tener hijos... Y mirá, acá están" - le decía, señalándole las cartas que iban deslizándose del mazo, alineándose sobre la mesa. "Sos una persona muy perceptiva, no te equivocaste en nada de lo que pensabas".

Inmediatamente en cuanto entró a la habitación no se sintió nerviosa, ni tuvo miedo. Si bien el lugar era pequeño, estaba cuidadosamente arreglado, en tonos pastel, y flotaba en la atmósfera un no sé qué, que le dio una hermosa sensación de paz, como de "estar en casa". La señora que la recibió, se mostró contenta de verla y la saludó con énfasis, invitándola a tomar asiento, y no pudiendo evitar señalarle "¡Sos igual a mi nieta!". Sólo se escuchaba la música de fondo, algo así como sonidos de la naturaleza, agua cayendo por una cascada, y los latidos pausados de su corazón expectante. Todo en ese lugar estaba en perfecta armonía.

La dulce y cordial voz de la señora irrumpió en su ensimismamiento: ¿Qué es lo que querés saber, por qué viniste a verme?, le preguntó, entremezclando una hermosa baraja de cartas de tarot. "¿Qué es lo que querés saber, por qué viniste a verme?", qué gran pregunta. Sinceramente, había ido a ese lugar por un impulso, porque lo sintió, sintió que era el momento de ir, que tenía que ir. Se lo pensó por un segundo, que en su cabeza parecieron un millón de años luz. Ella quería saber lo que tenía que saber, lo que Dios quería que supiera en ese preciso momento de su vida, ni más, ni menos. Sólo atinó a decir un "No sé" sonriente, y la señora le correspondió sonriendo dulcemente también, comenzando a tirar las cartas, y las verdades, unas tras otras.

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