He visto muchos ojos claros en mi vida, muchos, pero ningunos como los de él. No, no, no, como los de él, ningunos, definitivamente, indiscutiblemente. Él habla, gesticula, y los ojos verdes los abre grandes como platos, más que de costumbre, con las pupilas profundas de par en par. Y yo no puedo evitar quedarme mirándolos fijo, como hipnotizada, estúpida, insípida; como si tuvieran una energía sobrenatural, una fuerza atrayente que me obliga a contemplarlos cada vez más adentro, hasta que me termino por convencer de todo lo que allí se esconde, de que todo lo que intuyo es una irrevocable verdad. Es él, y todito todo lo que sus ojos glaucos reflejan, todito todo lo que ven; como cuando en la más inmensa negrura, esbozó una sonrisa, ipso facto pronunciando sorprendido “- Tenés pecas!”; yo aún más sorprendida e incrédula exclamé “-¡¿Cómo me las viste?!”, y lo abracé, y lo quise más aún; porque no cualquiera tiene la habilidad de ver pecas en plena oscuridad, no cualquiera tiene ganas de verlas.
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