viernes, 9 de diciembre de 2011

Bu

El casi nuevo integrante de la familia era una ternura. Se las apañaba para caerles bien a todos, con sus mimos y su carita de un aura angelical, meneando la cola de acá para allá con énfasis. Mary y Philip conocían bien a su pequeña hija; sabían que todavía era un poco irresponsable, algo despistada y definitivamente bastante caprichosa, por eso le habían explicado que este sería un tiempo de prueba, para comprobar si era capaz de cuidar bien de “Teobaldo”, como Bu le había llamado, entusiasmada, desde un primer momento; de ser así, se lo quedarían para siempre.
Teo era realmente una verdadera lindura, un cachorrito precioso de color gris. Su pelaje era corto, al estilo labrador, terso y brillante a la luz del sol, y al tacto, como acariciar un peluchito afelpado pero con vida, que daban ganas de abrazarlo fuerte, muy fuerte. Sus orejitas caían al costado de su carita de bebé cachorro en forma de pequeños triangulitos, y en sus ojos dejaba entrever una especie como de dulzura mezclada con acongojo; por el pequeño hocico, soltaba su lengua rosada cada vez que corría a saltitos por todo el parque. Teo parecía un perrito feliz, y Bu estaba encantadísima con él. Jugaban todo el día, dormían juntos, comían juntos, todo lo hacían juntos. Pero a veces, todo chiche nuevo, al tiempo pierde su gracia.
Un día, a Bu le pareció que Teo estaba particularmente insoportable. No paraba de ladrarle, le arrojaba su pelotita favorita entre los pies cada dos por tres, y la tironeaba de la ropa sin parar; pero la niña no tenía ganas de jugar. Al principio intentó ignorarlo, pero la situación se estaba volviendo intolerable, así que con su vestidito salmón pastel por debajo de las rodillas, y sus medias blancas con puntillas metidas en los zapatitos acharolados, empujó una silla, arrastrándola hasta el pie de su ropero; con todas sus fuerzas, cogió al cachorrito y lo subió a la parte superior del mueble, poniéndole una bolsa de papel en la cabeza, escondiéndolo detrás de unos cojines archivados. Se río a carcajadas, con las dos manos en su barriguita, viendo como Teo, desesperado, intentaba liberarse de su prisión papelera. “- Ya se va a cansar, y se va a dormir”, pensó, bajándose de la silla. La volvió a poner en su lugar, y se recostó en su cama a leer el cuento de La Cenicienta que tanto le gustaba. Al cabo de unos instantes, algo inesperado sucedió. El pobre perrito, luchando entre los cojines, la bolsa y las paredes de madera del armario, perdió el sentido de la orientación y del equilibrio, y cayó con todo su peso al suelo, esbozando apenas un audible aullido de dolor. Bu, impresionada, salió corriendo precipitadamente de su habitación, bajando las escaleras de algarrobo a toda velocidad, ahogando un lamento que le anudo la pequeña garganta ya cerrada, intentando llamar a los gritos a su padre, sin lograr vociferar ni un fino hilo de voz. Lo busco en el living, agobiada, en la cocina, hasta que finalmente lo encontró en la biblioteca; y sin poder pronunciar palabra, lo tomó de la mano, y lo llevó a los tirones hasta el piso de arriba de la enorme casa.
- Teo… - suspiró Bu, finalmente, al verlo yacer en la alfombra, inmóvil, con una oscura mancha rojiza teñida en la alfombra gris. Philip lo alzó en sus brazos, y miró a su desconsolada hija, con un océano enterito derramándose desde los grandes y pardos ojos, bañándole la cara más pálida que nunca. Bu lloró, lloró, y lloró sin parar, consternada, más afligida que nunca, con su pequeño corazón inocente escurriéndose entre sus manitos; y se preguntó una y otra vez, por qué lo que a veces parece un juego divertido e inofensivo, termina por lastimar a quienes nosotros realmente queremos.

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