La discusión continuaba al tiempo que se volvía cada vez más borrosa para mí, distante en el espacio, como un lejano murmullo incoherente que se ahoga con uno mismo bajo el agua. Me limité a seguir con mi mirada absorta en el libro que sostenía entre mis manos, fingiendo que lo escuchaba, aunque no me interesara mucho lo que decía, mostrándome superada de cualquier palabra que pudiera pincharme la carne, tan profundo que haría rebalsar las lágrimas de mis ojos a borbotones.
- Tengo culpa... - siguió diciendo, mientras me miraba, y escupía las palabras con la voz rasgada, cargadas de una tristeza absoluta que pesa en el cuerpo, esa misma que yo estaba queriendo matar en mi interior desde hacía rato y a medida que se sucedía el entrecruce de nuestras palabras, pero que, sin embargo, se apelotonaban en mi garganta, imposibilitándome el respirar con normalidad. Por eso le creí, realmente creí lo que ese hombre me estaba diciendo.
- Sé que hice muchas cosas mal, y me arrepiento... Me arrepiento de no haber estado para vos cuando me necesitabas, de haberte dejado sola tantas veces.
El silencio se hizo lúgubre, y se extendió por todo la habitación, aletargándonos en nuestros propios pensamientos. Por un momento me pareció que se pasaba la mano por los ojos, tratando de contener unas lágrimas rebeldes, pero me obligué a seguir fingiendo que leía, aislada por esa burbuja invisible pero sólida e impenetrable que poco a poco y a lo largo de estos 13 años aprendí a construir a mi alrededor; un modo tan efectivo de ignorar a las personas, que difícilmente me sacan de ahí antes de que yo así lo decida. De repente me volvió a mirar desde la mesa en donde permanecía sentado. Ahí seguía yo también, impoluta y cómodamente tirada en el sillón, con las piernas cruzadas arriba de una silla, el libro todavía en mis manos, y mi mirada absorta en sus líneas.
- Vení hija.. - susurró, y lo observé con un deje de frialdad. - Dale, vení con papá.
En ese momento, no pude evitar notar las arrugas que se le formaban en la frente y en las sienes, muy cerca de sus ojos, tan parecidos a los míos; las bolsas con varios pliegues por debajo de ellos, muchísimas canas moteando su pelo, y la cara de una persona cansada, a la que la vida golpeó muchas veces, pero que logró levantarse de todos modos. Dudé y sopese por un momento su propuesta, y finalmente me paré lentamente y fui hasta él.
- Sentante acá, hija. - me dijo, con la voz partida, dándole unas palmaditas a sus muslos. Me senté, como solía hacerlo cuando era pequeña, y a pesar de que ya no tengo la misma contextura que antes, se las arreglo para abrazarme enteramente, con mi cabeza en su pecho, meciéndome de manera casi imperceptible.
- ¿Te acordás cuando eras chiquita y te abrazaba así? ¿Por qué ya no venís más? - me preguntó cariñosamente, y no pude más que encojerme de hombros. Estaba segura de que cualquier palabra que llegara a pronunciar me significaba un peligro inminente de inundar toda la casa, y no me lo podía permitir; no enfrente de él, enfrente de nadie.
- No quiero que estés mal, tenés carácter y te entiendo. Ojalá tuviera un poquito de tu carácter, tal vez las cosas serían de otra manera ahora... ¿No me querés prestar un poquito del tuyo? - me sonrió amablemente; le correspondí, y continuó. - Todavía me acuerdo, y no me lo voy a olvidar jamás... Eras una pulguita, así de chiquitita... - relató, señalando con su mano a unos cincuenta centímetros del suelo que yo debía de tener esa altura por aquel entonces. - Yo estaba discutiendo con un vecino y el hombre me decía que me quería moler a palos, ¿Y quién salto a defenderme? La pulguita, gritando: "¡Vos a mi papá no le vas a pegar nada!". - se rió, y me abrazo con más fuerza.
- Te amo, hija.
- Yo también, pa... - le respondí con una voz apenas audible, ajada, contenida, con los ojos bien abiertos, evitando con toda la fuerza de mi ser cerrarlos, intentando ahogar la bola de angustia que me presionaba la garganta; negándome a flaquear, a llorar como solía hacerlo cuando se fue de casa.
Todos cometemos erroees y nadie puede cambiar el pasado y el daño que pudimos causar en el, pero gracias a dios las personas podemos cambiar y nunca es tarde para hacerlo y pedir perdón...
ResponderEliminarHermoso... sin palabras
ResponderEliminar