sábado, 13 de octubre de 2012

It might be you.-

Había una vez un gatito siamés que vivía en lo alto de un edificio. Según lo recordaba, había pasado toda su vida allí, y a menudo se acercaba al balcón, intrigado, y se quedaba horas y horas mirando hacia abajo, obnubilado, la gente pasando, los autos, los árboles, y otros animalitos muy parecidos a él. Un buen día, mientras embelesado se perdía en lo inalcanzable de la ciudad, alguien le chistó desde lo alto de un árbol:

- ¡Hey, tú! Sé lo que estás pensando. No tengas miedo, sólo lánzate.
- ¿Quién anda ahí? - mió el gatito asustado, dando un salto hacia atrás.
Otro gato muy parecido a él se dejó ver entre las ramas de la frondosa copa.
- Alguien que estuvo en tu lugar. Créeme, si quieres conocer ese mundo que está abajo y que tanto ansías, sólo tienes que dar el gran paso, y saltar. Nada malo te sucederá. Anda, ¡salta! Te prometo que no te vas a arrepentir.
Aquel gato desconocido saltaba de rama en rama con gran destreza.
- ¿Acaso crees que soy tonto? Sé muy bien que si salto desde esta altura, voy a morir.
- Sólo confía. Caerás de pie - maulló el gato experimentado.
- ¿Y tú como estás tan seguro? Que tú hayas tenido suerte, y hayas sobrevivido, no quiere decir que yo también vaya a hacerlo.
- ¿Qué tienes que perder?
- Todo. Tengo un techo, un hogar, me alimentan todos los días y me dan cariño; nunca estoy solo.
- Dices que tienes todo, sin embargo, te falta algo para llenar tu mundo. Tienes miedo de morir, pero de todas maneras algún día morirás. ¿Deseas morir infeliz e incompleto, en la rutina misma, sin jamás saber que se siente estar ahí abajo y conocer lo que tanto anhelas?
- ¿Y si caigo de pie como dices, y quiero volver? - preguntó dubitativo el gatito siamés.
- Quien estuvo en la cima, siempre sabe como volver. Quien debe saltar, algún día tendrá que hacerlo. Quien está destinado a hacerlo, caerá de pie, y seguirá avanzando orgulloso. Cuando llegue su momento, morirá, pero sabiendo que su vida no fue en vano, que osó, y cumplió con su designio, con su destino.

El gatito tenía miedo, mucho miedo. Si bien era la primera vez intercambiaba palabras con aquel desconocido, sentía como si lo conociese de más allá de toda la vida. Algo dentro de él se encendía fulguroso, cálido, entusiasta, y le decía que debía escucharlo, que debía lanzarse, tener fe, y dejarse llevar. La adrenalina y una fuerza que jamás había sentido antes, se apoderaron de todo su cuerpo. Se echó hacia atrás, tomó impulsó, cerró los ojos, y dio el gran salto.

Desde aquel día, todas las noches, el gatito siamés espera el maullido de su amigo del árbol, salta del balcón para reunirse con él, caminar bajo el manto estrellado que cubre la gran ciudad de los árboles, y volver feliz a su hogar, antes del amanecer.

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