sábado, 24 de noviembre de 2012

Amaneció nublado.-

Amaneció nublado esta mañana. El tiempo parece detenido o, quizá, en algún momento imperceptible, realmente se detuvo. No escucho sonido alguno más que el de tu respiración, muy cerca de mí. Te miro a los ojos, impasible y me pierdo. Tus manos me sujetan por la cintura y, al notarlo, mi piel se estremece. Mi mano trémula se posa en tu mejilla, y la deslizo suavemente, acariciando tu piel de caramelo, hasta que mis dedos se pierden entre tus cabellos ondulados. Mis ojos se detienen en tu boca, con deseo. Recorro cada centímetro y cada detalle de tu rostro con mis pupilas incrédulas, volviendo mi mirada a cruzarse con la tuya, con anhelo, y regresando rápidamente a contemplar otra vez tus labios carmesí. Los devoraría, te los arrancaría, todos para mí y, mientras alucino con la idea, mi pulgar te los roza suavemente de improvisto. Nuestros cuerpo se acercan más y más, lentamente, haciéndome vibrar por dentro, consumiéndome en una hoguera que arde en lo más profundo de mi ser. Una pasión cegadora me recorre implacablemente todas y cada una de las células de mi existir, desde las extremidades hasta el centro y, en un impulso alborotado, aprieto con fuerza tu cabello enredado entre mis dedos. Mi mano derecha te acaricia la espalda de arriba hacia abajo, mezcla de ternura y deseo, apretándola de a tramos, trayéndote hacia mí.

Y, como un espectador, logro verte ahí, tan cerca y a la vez tan lejos, como taciturno, observándome, pero siendo parte, a la vez, de esa energía que nos envuelve a los dos en uno solo. Tus dedos se deslizan por mi cuello hasta la nuca, y todo mi sistema nervioso se pone en alerta. Sin embargo me siento débil, incapaz de irme, de salir corriendo. La respiración se me acelera, y el corazón me late tan fuerte que puedo escucharlo golpear en mi pecho con vehemencia. Te miro a los ojos con un deje de desasosiego, convencida de que es en vano resistirse, y busco muy en lo profundo de ellos una explicación a esto que nunca supe bien explicar, ni entender. Nuestros parpados se dejan caer lentamente, en una reacción prácticamente sincronizada, y nuestros labios se ponen en contacto delicioso, después de tanto tiempo. Te siento, te siento tan cerca, y te beso lentamente, disfrutando cada milésima de segundo de este momento inmaculado, cada movimiento tuyo, cada pedacito de piel que mis manos recorren gustosas por tu cuerpo. Las ansias contenidas se liberan, estallan sin avisar, el corazón se me dispara, y te como entero. Siento tu lengua tocarse con la mía, bailando al compás de nuestros besos, y te hago el amor, con la mente, con los labios, con el corazón. No puedo pensar, ni quiero hacerlo. No puedo concentrarme más que en el contacto de tu cuerpo con el mío, más que en la perfección de nuestra unión, y el arrebato de no querer soltarte nunca más.

Mi mente en una nebulosa exquisita no razona. El momento parece irreal, nada tiene sentido más que vos y yo besándonos y hasta tal vez amándonos, en algún punto inconexo del plano terrenal. Puedo verte sin mirarte, puedo saber sin estar dentro tuyo que sentís lo mismo que yo, que vibrás en tu interior, que me deseas, que me reconocés, que nunca dejé de ser yo. Somos dos almas perdidas que al fin se encontraron, uniéndose puramente en una realidad paralela, en un instante que dura una eternidad, pero que jamás se borrará del corazón. De repente, luego de lo que podría haber sido un santiamén o una infinidad, nuestros labios se despiden con besos castos, y nuestros ojos se destapan lentamente. Te abrazo sin pensarlo, escondiendo mi cabeza en tu regazo, y vos me apretás con fuerza entre tus brazos, queriéndome en silencio. Y como despertando de un onírico, todo empieza a tener sentido de nuevo, a volverse nítido. Los árboles frondosos, la mañana nublada, el ruido de la lluvia de primavera que no nos moja. Te suelto y te miro, y sé con certeza que realmente es la última vez. Te sonrío con ternura, y me devolvés tu sonrisa de ojos pardos... pero muy en el profundo de nuestros corazones, los dos sabemos que ni vos ni yo seguimos ahí de verdad.-





cuando el corazón duela, y pienses que te olvido,
ten por seguro, mi vida,
jamás me arrepiento de haberte conocido.-

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