martes, 29 de enero de 2013

La Sota de Espadas.-

El viento frío me sorprendió,
gélido,
doloroso,
en pleno estío.
El corazón se me encogió,
en el pecho,
al verlas hablar.
Las cartas,
una vez más,
cobraron vida;
multiples vidas existentes,
precisas,
hirientes.
Pero no escuché.
No quise escuchar.

Una alegría ilusioria
cubrió mi alma alada,
y en pleno vuelo majestuoso,
La Sota atacó.
Desenvainó su,
para mí,
tan familiar espada,
y volvió a atravesarlo todo,
todo,
con furia y tesón.
Mi alma.
Mi corazón.
Mi espiritu.
Todo.

El jinete verdemar,
lúbrico morboso,
siendo testigo del magnicidio,
no hizo nada,
solo observó.

Nada,
absolutamente nada.
Nunca hace nada...

La Sota alzó su espada,
sublime,
mórbida como sus entrañas,
y lanzó una carcajada
que en mis oídos retumbó.
Yo la pura,
ella la villana,
la malsana,
que, esta vez,
su sucia cara mostró,
a la vista del verdemar.

Pero él no hizo nada.

Mi alma alada,
herida,
auténtica,
siguió su camino
hacia el aura,
la libertad,
para nunca más amar:
al imberbe,
al verdemar,
que duerme con la hiedra,
con La Sota,
la verdinegra,
en su lecho de pesar.-


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

say something!


Lo que no se dice se enquista, en el cuerpo y en el alma. Soltalo acá :)