gélido,
doloroso,
en pleno estío.
El corazón se me encogió,
en el pecho,
al verlas hablar.
Las cartas,
una vez más,
cobraron vida;
multiples vidas existentes,
precisas,
hirientes.
Pero no escuché.
No quise escuchar.
Una alegría ilusioria
cubrió mi alma alada,
y en pleno vuelo majestuoso,
La Sota atacó.
Desenvainó su,
para mí,
tan familiar espada,
y volvió a atravesarlo todo,
todo,
con furia y tesón.
Mi alma.
Mi corazón.
Mi espiritu.
Todo.
El jinete verdemar,
lúbrico morboso,
siendo testigo del magnicidio,
no hizo nada,
solo observó.
Nada,
absolutamente nada.
Nunca hace nada...
La Sota alzó su espada,
sublime,
mórbida como sus entrañas,
y lanzó una carcajada
que en mis oídos retumbó.
Yo la pura,
ella la villana,
la malsana,
que, esta vez,
su sucia cara mostró,
a la vista del verdemar.
Pero él no hizo nada.
Mi alma alada,
herida,
auténtica,
siguió su camino
hacia el aura,
la libertad,
para nunca más amar:
al imberbe,
al verdemar,
que duerme con la hiedra,
con La Sota,
la verdinegra,
en su lecho de pesar.-
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