jueves, 26 de febrero de 2009

En ningún lugar

La oscuridad se hacía cada vez más profunda, me aplastaba, asfixiándome, empujándome hacia el miedo aún más denso y sofocante que la misma negrura del espacio que me envolvía. Mis limitados ojos humanos intentaban con todas sus fuerzas descubrir algún contraste, algún hilo de luz que cortara con el monótono paisaje, persistente, pero nada parecía cambiar. El silencio me aturdía, me atontaba. La cabeza me comenzaba a dar vueltas, haciéndome perder la noción y el sentido de todo lo que me quedaba. Mi cuerpo… ¿Realmente seguía ahí? Quise avivarme, mover mis extremidades, como quien nada desesperadamente para salvarse de las profundidades de un mar despiadado, en busca de la superficie, pero fui incapaz de avanzar. Mi corazón seguía latiendo, acompasado, sí, pero cada vez con golpes más leves, insonoros que se perdían. Una parte de mí quería resignarse a la noche interminable, rendirse cobardemente y entregarse a lo posiblemente irremediable, mientras que la otra no cesaba de luchar y se negaba a dar tregua, a plantar bandera blanca. Cada célula de mi cuerpo se debatía entre la vida y la muerte, y cada segundo que pasaba la oscuridad ganaba terreno ante mi inestabilidad. ¿Era justo terminar así? ¿Acaso lo merecía? Las lágrimas comenzaron a brotar, y lloré, lloré y lloré hasta que el cansancio se hizo presente. Fue entonces cuando decidí que era mejor morir que vivir perdida en ningún lugar, soportando el peso de ese eclipse descomunal, aguantando la presión de la nada en mi pecho. Cedí y me abrazé a lo inevitable. Abandoné el campo de batalla y de inmediato sentí como la espesa tinta negra se apoderaba de todo mi ser, adormeciéndome, aletargándome en el tiempo, devorándome. Inesperadamente aquella sensación no era tan mala, por el contrario me sentía libre, flotando, liviana como una pluma. Cerré mis ojos y me dejé llevar.

Desaparecí en algún lugar, dejé de ser y por fin fui feliz.

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