Sus dedos golpeteaban la mesa, componiendo una melodía algo tensa. Los pies acompañaban al compás la percusión de nervios. Estuvo a punto de pararse e irse, pero decidió que no podía ser tan cobarde. La situación le rememoraba viejas épocas, encuentros clandestinos, charlas secretas. Cerró los ojos en una fracción de tiempo fugaz, y recordó el perfume aterciopelado de su piel. ¿Seguiría siendo el mismo?
Una vez más, ella lo sabía todo; como siempre. Hacía meses que venían hablando por teléfono, y él le había contado más de lo que tal vez hubiese deseado contarle. Ella tenía esa habilidad, ese don de darle confianza, de hacerlo sentir como en casa, aunque pasaran décadas, incluso vidas sin verse. Él no podía evitar contarle de su vida, a pesar de ser tan reservado, y aunque más de una vez lo lamentó. Cosas del destino. Ella era una buena mujer, incluso más de lo que a él le gustaba reconocer, y tal vez ese era el motivo por el cual, una vez más, se encontraba allí, esperándola ansioso.
Bebió un sorbo del cortado espumoso que le inundaba los pulmones de aroma a café, y se preguntó cómo se vería ella después de 24 años de vida sin verla, algo en lo que no se había detenido a pensar antes. Pero... ¿Realmente importaba?. La recordó joven, rozagante, feliz, riendo a carcajadas, con el oscuro pelo largo, brillando rojizo bajo el sol de verano, la piel trigueña, y los ojos color moca. La abrazó en recuerdos, como solía hacerlo en las noches furtivas, anónimas, con su manos descendiendo lentamente por las curvas de su cuerpo, saboreándola de a poquito, para después apretarla contra su cuerpo fuertemente, y susurrarle al oído que la quería, que de verdad la quería, aunque se odiara por ello.
Pero había algo que le estaba molestando, un cosquilleo fastidioso en las extremidades, que se extendía hasta el centro de su espalda como un escalofrío. Si Mora lo veía ahí, no sólo con cualquiera, sino con precisamente ella, podía ser el inicio de una guerra interminable, incluso peor que su mismísimo matrimonio. Tantos años soportando, poniendo su felicidad por detrás de la de su familia, le pesaba en la espalda como una carga inaguantable de llevar a veces, pero que, al fin y al cabo, era lo que había elegido.
Mora había resultado ser todo lo que no quiso ver en su juventud: Mentirosa, manipuladora, egoísta, e infiel. Hacía tantos años que estaban juntos pero, sin embargo, su mujer, como era de esperarse, nunca había terminado de madurar, nunca había cambiado, y lo único que le traía eran disgustos y escándalos. Así y todo, él la seguía soportando. ¿Por qué? Tal vez eso era la que estaba buscando, respuestas sinceras, un alivio a sus aflicciones, un ápice de luz en la oscuridad de su monotonía, de su costumbre inducida y tortuosa, una verdad que le abriera los ojos y le soltara las cadenas, pero que no estaba seguro si era capaz de asumir.
Ensimismado en sus divagues, levantó la vista casi por inercia, como si una fuerza invisible lo hubiese impulsado a hacerlo, y vio su silueta tan familiar acercarse a lo lejos. Un viejo sentimiento le invadió las entrañas. Las mariposas se despertaron revoltosas en su estómago, torpes, chocándose unas con las otras y su perfume le inundó los pulmones, mareándolo hasta sentirse casi desfallecer. Se levantó estrepitosamente de la silla, y una serie de imágenes le invadieron la mente: El primer beso en el piso, la charla de madrugada en la escalera de la galería, el encuentro en la plaza después de la facultad, las noches enteras charlando y jugando debajo de las sábanas como dos niños, las veces que le dijo que no la quería ver más. El tiempo pasaba tan rápido, pero tan lento, tan confuso, que trastabilló con sus propias piernas y casi se tropezó con un mesero. Huyó del bar lo más rápido que pudo, corrió hasta su auto, cerró la puerta con fuerza, y dejó caer su cabeza en el volante, escondiéndola entre sus brazos. Todavía no estaba listo para hacerle frente a todas esas emociones enterradas. Quién sabe si algún día lo estaría.-
El destino existe, al igual que las causalidades, pero así también el libre albedrío. El destino está siempre presente en nuestra vida, en todo momento, incluso ahora mismo, poniéndonos obstáculos, y brindándonos oportunidades, pero jamás nos controla. Porque el destino es el destino, y la vida es nuestra, nuestras decisiones, quiénes somos, y a dónde vamos. El destino no nos domina, sólo nos muestra los caminos. Tampoco decide por nosotros, nosotros somos los únicos responsables de nuestras decisiones. La vida está llena de posibles caminos, y las decisiones y acciones son quienes nos hacen ser quienes somos.
La vida es un regalo, y la posibilidad de elegir también; nunca la desperdicies por miedo a vivir, por miedo a elegir... por miedo a sentir.
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